Retorno

Ese verano, el flamboyán finalmente logró alcanzar la ceiba que estaba al otro extremo de la carretera con una delgada punta de rama. Al año siguiente ninguno de los dos floreció. Siglos después, aún éramos dos niños cuando me miraste sonriente a los ojos después de dejarte atrapar jugando a las escondidas y me dijiste: “gracias por perdonarme”.

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