Hasta que la muerte nos separe

But536.1.4.wc.100Entonces, con las palabras de Eva, todo quedó claro. Aparte de él, nada más estaba hecho de carne fundida con barro, ni siquiera ella. Adán recordó los gusanillos blancos devorando la primera paloma en morir, los despojos ensangrentados de la quinta cría nacida a las cebras mientras la devoraba torpemente el joven tercer leopardo. La eternidad se volvió un súbito escalofrío en su médula espinal envuelta en vértebras de hueso y mármol y Adán añoró volverse carne para eventualmente retornar al suelo de donde habían forjado la mitad de su cuerpo.

Con su delicada y oscura mano, Eva acarició la cicatriz del costado de Adán, uno de los pocos lugares donde estaba expuesta su pálida y delgada piel, luego la besó con sus gruesos labios. Era de allí de donde habían extraído la costilla con que la cultivaron a ella. La penetrante mirada de esos ojos negros no le dejaban duda alguna que compartían una misma alma. “Hasta que la muerte nos separe”, repitió Adán. Al instante, un brillo cegador hirió la oscuridad de cuarto menguante y comenzó a moverse en dirección a donde se encontraban ellos. El suelo tembló al ritmo de lo que parecián gigantescas pisadas.

Tomados de manos, Adán y Eva corrieron en dirección opuesta a la luz, su desnudez cubierta por lo que quedaba de la noche. Urgía llegar primero al árbol de la serpiente, el único ser que podría ayudarlos.

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