Sueño de la Grieta

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A San Juan, que levanta su dedo en silenciosa advertencia frente
a los mármoles oportunistas. Oremos para que nunca lo baje.

Hubiera querido subir los dieciséis escalones de rodillas, pero el fantasma de Luisa insistió en que no era necesario. Yo no estaba para contradecirla después de que la ofendí un poco cuando le dije que parecía un macho con esos jodidos pantalones. Claro que había sido gracias a ella,con su transparente y masculina elegancia, que pude llegar frente a aquel recinto.

Lo primero que le dije cuando se presentó fue que tenía apellido de barriada. “Comunidad Especial, pendejo.” Me ripostó con cariño de mamá mulata y ya no pude separarme de ella.

Me la había encontrado después de que el perico me inspirara a pisar los camarones dormidos que esperaban (pobres imbéciles) una corriente de adagio que nunca vendría a arrastrarlos. No recordaba cuánto tiempo llevaba yo vagando por aquella jungla gris y descascarada. Todo había empezado con ese incomprensible sueño. El perico era para no dormir, para no tener que verlo más.

Para ese entonces no podía siquiera recordar una noche en la que hubiera soñado otra cosa, o nada en absoluto. No bien cierro los ojos y siempre la misma mierda: Un rectángulo mordido flota sin rumbo en un charco de leche. Sobre él, una manada de perros aúlla hacia un cielo azul moteado por un manojo de estrellas sin luna que nunca he querido contar por miedo de que me salganverrugas.

Lo que siempre me hace despertar, condenándome al insomnio, es cuando los perros se ñangotan alrededor de una mesa dorada con unos papeles incrustados. Entonces llegan dos nuevas manadas de tamaños sumamente desiguales. La menos numerosa es precisamente el que más fuerte ladra. Entre todos se dedican a rasgar los papeles y a comérselos, hasta que, sin que comprenda el motivo, uno de lo más insolentes golpea la mesa con el cráneo, dejándole una grieta por donde comienza a rajarse todo, hasta que el rectángulo mordido se hunde en la leche.

No más levantarme me ponía a ladrar. El sueño no me causaba miedo, sino una sensación de solemnidad, un incómodo pero placentero vacío y la certeza de que aquel lugar existía y debía visitarlo. Quería adorar aquella mesa. Una noche, tras los ladridos de rutina, corrí en mis cuatro extremidades hacia las entrañas de la jungla.

Tras pasar la emoción inicial, me incorporé y comencé la búsqueda. Al doblar la esquina, un tipo calvo con un gracioso bigote me ofreció un sombrero que parecía a medio acabar, pues se le salían pajas largas por la parte de arriba. El tipo me dijo que si me lo ponía me iba a regalar unos zapatos y a sacarme los parásitos. Accedí al ver que todos los que lo acompañaban ya lo tenían.

Inmediatamente me calzó y me puyó. Como si fuera un milagro, dejaron de picarme la cabeza y el culo.

No sé exactamente qué me pusieron, pero al poco tiempo un deseo incontenible me llevó a rajar el extraño sombrero. Todos hicieron lo mismo. Esto complació tanto al calvo que corrió a abrazarme y me dijo un montón de palabras que no entendí, salvo algo así como: “monos a la sobra”. La memoria puede fallarme en este asunto, pues mi atención se centraba principalmente en la suave caricia del aire que entraba por mi oreja derecha y salía por la izquierda con un silbido melodioso.

A las cinco de la tarde, me recostaba bajo la sombra de un montón de basura. Los desparasitados acabábamos de enterrar al tipo de los sombreros. Había perdido el rumbo, pero seguí buscando el recinto sagrado de mis sueños perversos.

Rebusqué la tierra bajo las palmas. Moví inútilmente grandes cantidades de arena y desperdicios que seguían cayendo sobre mí y poco a poco amenazaban con ahogarme. Como ya tenía hambre, me hice camino comiéndomelos, pues desconocía en aquel entonces cómo se hace al andar.

Creí hallar la solución en la inscripción enigmática de un trozo de papel:
“Mardito sea el ibu”.

Esa maldición pareció tener de súbito toda la verdad del universo, así que me comí el rollito en que estaba escrita. Al principio se mitigaron mi hambre y mis temores con un sabor dulce, pero al poco tiempo me invadió un fuerte dolor de estómago y el paladar me supo a tocino descompuesto.

El desánimo me consumía y el perico lo comprendía todo cuando alguna divinidad misteriosa envió a Luisa. ¡Y mira que linda se veía a pesar de la ropa de macho! Me agarró, me abofeteó y me dijo que tenía que seguir caminando porque en menos de sesenta días llegaríamos.

El camino estaba obstruido por una multitud que lanzaba pequeños discos de metal a un asno que profería palabras sagradas en un idioma desconocido. Le pregunté a Luisa qué decía la inscripción que tenían todos los disquitos. “Tú puedes entenderla, so inútil”, me contestó. Le argumenté que estaban en una lengua extranjera. “¡Observa coño!”. Ella perdía la paciencia con facilidad, así que obedecí. Lo más extraño es que sí entendí: “Creemos en Dios”, declaraban.

Inquirí sorprendido cómo era posible que yo lo entendiera. “Pollito chicken, so bestia, y no me molestes que me estoy rachkando el fontdillo.” Sentenció con la piedad de una Madonna. No entendí. Creo que a mi fantasmal guía se le estaban contagiando las divinas inspiraciones del asno. ¿Sería ella también era compañera del imperio o le haría falta otra dosis de la puyita del calvo?

-Let’s go asshole-
-What hole? I just see the ass speaking over there-
-Quit the bullshit and come over here. –
-All right-

Para ese entonces estábamos muy cerca del soñado recinto. Solo quedaba atravesar una maraña de raíces. A mitad de camino nos encontramos con un negro y un blanco, ambos desnudos y con las caras pintadas. Estaban cavando un gran hoyo para enterrar unas pesadas cadenas. “No los ayudes”. Advirtió Luisa. “Los muy idiotas se afanan en vano. Para cuando terminen solo habrá raíces podridas. Además, ya casi llegamos.”

Era cierto. El edificio añorado estaba oculto detrás de las raíces más delgadas. Por si no fuera suficientemente raro que me guiara el fantasma de una mujer con pantalones, ahora me encontraba de frente con la estatua de un tipo con bata de vieja y un deo pa’rriba. Frente a él estaba el lugar que hace tanto me perturbaba. Me hinqué de rodillas al verlo, pero Luisa insistió: “Levántate y anda”.

Subí los escalones. Entré por las puertas y pude ver la mesa dorada. Todo era como en mis sueños. Puse la cabeza en el suelo y comencé a rezar en aquella lengua recién descubierta. Al poco rato noté que el edificio no estaba vació. Había tocino por todas partes y un dispar bestiario que incluía un caballo, un tigre y diversas especies bovinas y aviares se peleaba por atracarse con las mejores porciones. Recordé el rollito que había comido y me dieron náuseas, sin embargo, la presencia de esos animales evidentemente sagrados me motivó a reanudar mis plegarias con mayor convicción.

Al poco rato comenzó a escucharse un escándalo de balidos. “Avanza, que ya van a meter las cabras”, me advirtió Luisa mientras un trocillo blancuzco de tocino se le resbalaba por los labios translúcidos. Me disponía a concluir mis rezos cuando el rebaño se descontroló. Huían de la estatua. Ahora el dedo apuntaba hacia el suelo como el de un emperador en la arena de gladiadores. A sus espaldas se alzaba una ola gigantesca. ¡De leche!

La estampida de cabras despavoridas comenzó a invadir el recinto mientras los demás animales intentaban inútilmente trepar las paredes embarradas de tocino en busca de un lugar alto que los protegiera del maremoto. Luisa no estaba ya por ninguna parte, habría vuelto a su barriada. Yo comprendí lo que pasaba y no quise escapar. Me arrodillé nuevamente para esperar mi bautismo.

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One Comment en “Sueño de la Grieta”

  1. Mimi Says:

    Me encanto el cuento esta tripioso pero definitivamente no hibas a ganar por nada del mundo y que enviarle un cuento asi a los del nuevo dia jajajaja Valio la pena el intento. No era por las malas palabras esas se podian editar. Pero atacar su sensibilidad politiquera jajaja T amo mucho y tu cuento esta brutal como todo lo que haces


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