¿Puertorriqueño pro pena de muerte?

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Los fusilamientos del 3 de Mayo, de Francisco de Goya

Seguramente hay cosas peores que la muerte. La religión no produjo el infierno en vano. El prospecto de sufrimiento eterno es ciertamente un disuasivo mayor que el de la simple inexistencia. Creo que muchos estarán de acuerdo conmigo en que vivir sufriendo es peor que morir en paz. Igualmente puede decirse que no todas las muertes son iguales. El evento de morir consta del momento, siempre incierto y debatido, en que la fuerza vital abandona el cuerpo y las células cesan sus funciones, aunque no todas mueren al mismo tiempo. El momento y circunstancia en que llega esta transición es lo que hace a ciertas muertes especialmente horribles.

El ser humano ha practicado a lo largo de su historia incontables maneras de matar a sus semejantes, muchas de ellas intentando maximizar el sufrimiento inflingido. Algunos de los procedimientos más horribles han sido utilizados por los organismos de poder para castigar a sus súbditos. Otros son el producto de la creatividad de ciertos seres especialmente sádicos que indudablemente disfrutaron el proceso. Es probable que en algún punto de la historia uno de estos sádicos haya sido castigado por alguna autoridad con un procedimiento más horrible que el utilizado por él mismo.
Sin embargo, lo que me preocupa en este momento no es la larga y trillada historia de la pena de muerte y el asesinato y los momentos en que ambos se han encontrado de frente, sino un caso específico que ocurrió hace poco dentro del Tribunal Federal de Puerto Rico. Allí, un hombre que fue declarado culpable de asesinar a un agente federal en medio de un asalto fue sentenciado a 99 años de cárcel a pesar de que fiscalía pidió la pena de muerte y probó todos los agravantes que sustentaban su petición. Defensa, por su parte, propuso 34 atenuantes, de los cuales sólo uno fue aceptado, el sufrimiento de la madre del asesino. Por esta razón la prensa local llegó a la conclusión de que la madre había salvado la vida a su hijo el asesino.

No sorprende que la familia de la víctima se sintiera indignada. El sufrimiento de los allegados del culpable tuvo más valor ante la corte que el de ellos. “Mataron a un hombre con cara de niño”, en palabras de una pariente, y el pueblo no lloró, un asesinato más, perdonaron la vida a su asesino y se forma una algarabía frente a la corte federal. Hasta el gobernador aseguró que no pensaba quedarse de brazos cruzados y permitir la condena.
Pero volvamos.¿Que lo salvó su madre? ¿Eso quiere decir que si hubiera tenido una madre menos sufrida el estado le hubiera sentenciado a muerte? Algo aquí me parece irracional. Un momento. ¿Es la corte la que tiene que preocuparse por el sufrimiento de la madre de un convicto o era él mismo el que tenía que pensar que iba a hacer a su madre sufrir antes de irse a asaltar una dependencia federal, antes de halar el gatillo para dispararle a un inocente? ¿Irónico?
En una foto de El Nuevo Día se ve a un anciano sosteniendo una pancarta que lee: “Quinto mandamiento no matarás Dios salva”. Aparte de que es evidente que Dios no salvó al asesinado (las razones para justificar esto se las dejo a los teólogos) es claro que quien estaba siendo juzgado allí ya había sido declarado culpable de asesinato, pues el proceso de pena de muerte conlleva dos juicios. El anciano parece haber olvidado que en el mismo libro de la biblia dice “Ojo por ojo, diente por diente, vida por vida” y que la misma ley dada por Dios a ese pueblo escogido que ahora tira bombas a sus vecinos al amparo de los mismos federales permitía, más bien exigía, que el pariente más allegado de una víctima de asesinato diera muerte al victimario. Las explicaciones teológicas las dejo a los teólogos y pastores de este país, pero quiero prevenir a mis conciudadanos de que las citas bíblicas sueltas no dicen nada. Además, las constituciones por las que se rigen nuestras cortes establecen que la religión no será criterio para juzgar a nadie.

Quiero dejar algo claro, la pena de muerte, como yo la veo, no se trata de dar un castigo más severo que la cárcel. No se trata de que el pueblo pide venganza. Tampoco se trata de justa restitución, porque entonces habría que retribuirle a cada criminal lo que hizo: violar torturar y matar a algunos y descuartizar a otros. Estoy de acuerdo con las palabras de el coordinador de la coalición contra la pena de muerte: “La angustia de la familia del convicto no aliviará la pena de los seres queridos de la víctima. El ojo por ojo nos dejará ciegos”. Pero yo no me opongo a la pena de muerte. Creo en el arrepentimiento, y lo ideal para mí sería que todos los criminales se arrepintieran al instante, se rehabilitaran y volvieran a ser miembros productivos de la comunidad, pero Puerto Rico no es el paraíso. Y para comprobarlo nada mejor que visitar Las Cucharas.

Tampoco deben engañarse aquellos que se sientan limpios ante la ley, aquellos que crean que el homicidio es el acto de ciertos seres perversos e incorregibles. Allí, en las cárceles, hay personas, seres humanos como todos, tal vez algunos de calidad mayor que otros tantos que se pasean por los pasillos de las dependencias gubernamentales de este país. También hay seres que disfrutaron sus crímenes y no se arrepienten, como el individuo en cuestión, que pasará allí el resto de su vida. Sentenciar a alguien a cadena perpetua significa que se le ha excluido sumariamente de la “libre comunidad”. Sin esperanzas de salir libre, se requiere una gran madurez mental y espiritual para alcanzar el arrepentimiento, cualidades que evidentemente el individuo en cuestión no ha desarrollado.¿Se arrepentirán algún día? ¿Se rehabilitarán? ¿Los motivará su conciencia a comprender el daño que hicieron aún sabiendo que de todos modos lo seguirán pagando con su encierro toda la vida?

Más allá de las evidentes deficiencias del sistema “correccional” de este país donde los convictos votan, no creo que sea razonable esperar que la totalidad de los criminales se arrepienta. No soy psicólogo, pero creo que la presión social es un factor determinante de las conductas antisociales. Creo que si confinamos juntas a un grupo de personas que han sido rechazadas por sus actos, inevitablemente se influenciarán mutuamente, especialmente si mezclamos los que tienen posibilidad de rehabilitarse con los que no han mostrado arrepentimiento. ¿Qué influencia será más fuerte si se supone que quienes están allí es porque tienen inclinación hacia el crimen? Cada vez que entra a una cárcel un preso que no se va a rehabilitar inclina la balanza hacia el lado de la irreformabilidad. ¿Puede en ese caso el castigo basarse en la esperanza de rehabilitación?

Otro asunto. ¿Tiene el pueblo obligación de sufragar el sustento de un individuo que le ha privado de sus miembros productivos o que ha extinguido una vida que apenas comienza? El abogado defensor del joven que asesinó al agente federal recomendó que se se invirtiera el dinero gastado en la pena de muerte en educación pública y economía. Desconozco qué es más caro si comprar una inyección letal o darle todo lo necesario para vivir a una persona de 28 años por el resto de su vida. Además, las balas y las sogas son bastante baratas.

Sobrepasando la frialdad evidente en mi último enunciado, sigo creyendo que se necesita poco para que cualquier persona caiga en el lado opuesto de la ley. Especialmente en un mundo donde el auto-control no parece ser una cualidad muy abundante. A veces las leyes son las injustas o el mismo jurado que se olvida que para condenar a alguien la certeza de su culpa tiene que estar más allá de toda
duda razonable. Volviendo al referente religioso, Jesucristo murió inocente condenado por las autoridades romanas. No quiero decir con este escrito que pueda justificarse el abuso del gobierno o la negligencia del sistema judicial. La plena justicia pertenece a Dios. La vida también.

Ahora bien, si se trata de homicidio involuntario todos somos culpables por omisión. Ignoramos las muertes inocentes en todo el mundo que nuestra metrópoli auspicia y efectúa en busca de los recursos ajenos. (Si no está de acuerdo con este enunciado intente leer un poco más, algo distinto de los noticiarios locales o estadounidenses; o los libros de Paulo Coelho y Harry Potter). Preferimos vivir la vida tranquilamente sin pensar el costo de nuestro estilo de vida a nivel mundial. No protestamos por la desigualdad, la vemos de lejos, nos incomoda el alma a veces, pero precisamente porque es distante, no nos afecta demasiado.

Compatriotas yo no me opongo a la posibilidad de eliminar a un transgresor de la sociedad quitándole la vida. La realidad es que es un recurso históricamante usado para oprimir y como ya he dicho la rehabilitación debe ser la prioridad, que en la práctica no me parece que en nuestro país ni en los Estados Unidos lo sea. Ustedes tienen todo el derecho de defender sus criterioos. Pero caramba, sin excusas baratas. Sin performances de santurronería seudorreligiosa. (Si no entendió esta frase entonces es evidente que necesita despegarse de Coelho.) Sin andar peleando sobre cómo se castiga a un culpable mientras millones de inocentes sufren. Nadie me va a convencer jamás que la vida de un niño vale tanto como la vida de un violador asesino. En realidad, el crimen del muchacho que mató al federal está muy lejos de ser lo peor a lo que puede llegar un ser humano. Me gustaría saber cuántos de los que celebraron la sentencia del joven sentirán lástima por Hussein cuando lo ejecuten. O se hubieran atrevido a celebrar frente al tribunal por la sentencia a cadena perpetua en vez de ejecución de uno de los genocidas nazis. ¿Todas las vidas son iguales?

Creo que debo responder qué hubiera decidido si hubiera sido parte del jurado del muchacho y hubiera visto a la madre desgarrarse llorando cada día del juicio. No me avergüenza decirlo… hubiera votado cadena perpetua. Pero no por el sufrimiento de la madre, sino porque, a pesar de todo, hay peores crímenes que ese que no se cobran con la vida, me parece que todo el issue de debe a su víctima era agente federal (mis condolencias a la familia). En este caso, la vida de esta víctima no es más valiosa que las demás, o todos o ninguno.

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6 comentarios en “¿Puertorriqueño pro pena de muerte?”


  1. […] vida de otro así nada más merece el mayor de los castigos. Espero que no sea la pena de muerte. En otra entrada he comentado mi postura en cuanto a este castigo, que no es del todo opositora. Sin embargo, la […]

  2. Abdiel Says:

    Esto es una mierda. No sirve para lo que estoy vuscando. Los que icieron este site son brutos y idiotas. Pendejos!!!!!!!

  3. incisionmental Says:

    Gracias por tus comentarios, ciertamente no eres un ejemplo de racionalidad y tolerancia. Me pregunto como sería el mundo si todas las cosas solo existieran en función de lo que te sirve o no te sirve a ti. Si algún día aprendes a argumentar, o te interesa, eres bienvenido a comentar de nuevo.

  4. No-Vidente Says:

    Considero que el Estado no tiene el por qué hacerse cargo de mantener a aquellos que no lograron respetar el derecho ajeno, pero que sí desean que se respete su derecho a la vida. La pena capital, tan criticada por supuestas organizaciones pro derechos civiles, olvidan las muertes diarias por causa de la hambruna y la guerra, otra arma, muy bien construída por el Estado para matar. Defender el derecho de un culpable, tal vez tenga cierto grado de sensibilidad pero a veces resulta una hipocresía cuando, hay que defender la vida de un culpable, cuando nuestra sociedad, está sostenida por la vida de cientos de miles de inocentes. Nuestra comodidad primermundista, es a expensas de aquellos desventajos que no tienen derecho. Y, como buenos seres cristianos, a Dios rogamos y con el “Big Stick” damos.
    De paso, me encanta la opinión de Abdiel cuyo vocablo y sencillez, demuestran lo retrasado que está el pensamiento racional y constructivo, sin contar la excelente ortografía y la proliferación de malas palabras. Es ese tipo de cristiano, que no tolera la pena de muerte, pero da muerte a todo lo que no tolera.

  5. SERé Says:

    jajajaja


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