Realidad, Fantasía, y Género (Ciencia-ficción y Literatura fantástica en América)… y más allá

“No me sorprendería que la Biblioteca Universal de la Literatura Fantástica no contuviera sino un volumen de Lewis Caroll, un par de películas de Disney, un poema de Coleridge y (por causa de lo olvidadizo de su autor), la Opera Omnia de Manuel Galváez”
Borges

“Llegué a la ciencia-ficción sin saber que existía”
Bioy Casares

Los Precursores

Rebelais imaginó. El resultado fue un universo sin reglas, sin tamaños, donde las linternas adoraban las botellas y los investigadores araban con zorros. Swift, no tan audaz, solo se permitió imaginar toda una parte su mundo que no existía, con sus caballos inteligentes y sus científicos distraídos. Entre ellos imaginó Laputa. Voltaire, su contemporáneo, imaginó seres enormes proporcionales a un planeta enorme, Sirio. Shelley creó a un monstruo y a su creador. A la postre, ambos compartieron el mismo nombre y muchos olvidaron a Shelley. Borges creó un planeta en un libro ficticio dentro de otro libro, Ficciones. Recordemos que en América es absurdo inventar un país. Verne imaginó el submarino, que ya hemos visto, y un cañón que disparaba a la luna, que nunca veremos. Aasimov anticipó las leyes que rigen la conducta de los robots, pero no las que rigen su construcción. Wells inventó el viaje en el tiempo, pero su viaje contaba con solamente una licencia fantástica. Los realistas rusos imaginaron todas las posibilidades de la conducta humana. Los locos siempre han imaginado, pero tal vez no sean capaces de imaginar la locura.
Antes que todos, en un universo perpendicular, Colón había descubierto para sus más cercanos (en tiempo y espacio) que existían seres parecidos a los humanos en un lugar maravilloso, cercano al paraíso. Estaba cerca del pezón de la Tierra. Las Casas imaginó que estos seres eran humanos. Pero cometió el imperdonable error de imaginarlos inocentes. Los sacerdotes de uno de sus grupos, pues eran muchos y variados, no pudieron aceptar que sus antepasados, en alguna etapa del tiempo cíclico, no hubieran visto esas bestias, o esos dioses, así que para salvaguardar la circularidad del tiempo los incorporaron en sus profecías pasadas. Fueron auxiliados por uno de los extraños visitantes de vestimentas metálicas, que andaba montado en una bestia que tal vez fuera inmortal. Alegó que era uno de los dioses principales de un pueblo que habían subordinado, que sobrevivía en una esquina de su panteón y que se había embarcado hacia occidente y prometido volver. Sin embargo, se acostó con la Malinche. No se sabe con seguridad hasta qué grado le creyeron. Lo cierto es que hasta el día de hoy muchos de sus descendientes creen que solo unos pocos de su raza eliminaron aquel imperio. Los sacerdotes tuvieron que aceptar que el tiempo tenía principio y fin.

Realidad y Asombro
Por un emisor ficticio

Debido a la forma en que se subordinan mutuamente los universos, la capacidad de asombro de uno de sus habitantes está atada ineludiblemente a un criterio fijo. En este universo desde el que escribo le han llamado realidad. Solo de nuestra especie tenemos constancia de que se encuentre sujeta a ese criterio. Alguien propondrá algún día que los demás seres no poseen tal criterio fijo como absoluto, sino como circunstancial, y que solo establecen tal relación con ciertos objetos o criaturas (por ejemplo, la presa, que no tardará en convertirse en un objeto, el alimento) para poder interactuar debidamente con ellos. Tal relación variable y circunstancial resultaría aterradora, pues implicaría que estos seres podrían morir por causas no reales. Sin embargo, más allá de estas divagaciones, mi propósito es explicar el concepto de la realidad como idea fija. Hace siglos, un hombre de apellido Kant propuso que el espacio y el tiempo eran nociones subordinadas a la percepción de las criaturas, que carecían de existencia objetiva. Su antigua noción nos es solo parcialmente útil. La noción Kantiana establece una división entre lo que existe por causa de los seres y lo que existe independientemente de los seres. Esta relación ha sido debatida desde su formulación. La proeza de Kant fue explicar lo inexplicable refiriéndose a la función de la percepción de los individuos, entiéndase, la idea. Algunos exageran la importancia de su aportación. Yo no me dejo engañar. Kant sólo se limitó a clasificar, a colocar los conceptos complejos que conocía bajo el dominio de la subjetividad. Lo que ahora sabemos es que en nuestro campo, la subjetividad es sencillamente todo.
En realidad, aquello que no depende de los seres, por tanto de la idea, resulta importante sólo en casos excepcionales y muchas veces afirmar tal posibilidad resulta dudoso. Hoy día sabemos que toda realidad posee carácter contingente, que es un producto fortuito de la interacción de los seres. La capacidad de asombro depende directamente de las condiciones en que ocurre esta interacción entre las ideas y los seres. Esta dinámica produce variaciones fortuitas en distintas parcelas de la Colectividad, que incluye a todos los individuos pasados, presentes y futuros, en todos los lugares. Dividiéndola en cuanto a los detalles de sus asombros. Sin embargo, tanto la capacidad de asombro como la necesidad de estimularla son, por lo que se ha visto, universales. Los hombres han llamado estas divisiones de varias manera: sociedades, culturas, pueblos…
Mucho antes de Kant ya se había inventado lo que algunos denominamos Mecanismo de Interacción Absoluta (MIA). La mayoría de los hombres no se ocupa en estas meditaciones. Ellos sólo lo llaman lenguaje. El lenguaje, como he dicho, ha sido reconocido como el instrumento de interacción entre los mundos. La dinámica es la siguiente. Dentro de cada ser existe, por causa de la interacción con otros seres y con las demás fuerzas externas (cuya interpretación resulta subordinada a la primera) al menos el potencial de generar, más o menos de forma espontánea, universos. Los individuos de nuestra especie utilizan el MIA para compartir sus respectivos universos En la práctica, solo unos pocos individuos son capaces de generar universos suficientemente complejos. La razón de esto no es del todo clara. Un número aún menor es capaz de articular efectivamente su creación para generar asombro. Aquellos que fallan en este último proceso son los que denominamos Locos, sus universos, más profundos aún, generan enorme extrañamiento, no pueden ser asimilados. Tal sea que sus universos están mal colocados, que pertenecen a otra parcela de la Colectividad.
Al principio estos universos se preservaban sólo en la memoria de los grupos más allegados, se trasladaban a través de la Colectividad, de boca en boca y mutaban con demasiada facilidad, hasta que llegaban a un punto en que las diferencias entre sus formas de utilizar el MIA no permitían mayor divulgación. Todo cambió en poco tiempo. Se descubrió en ese entonces que ciertas superficies son capaces de transmitir ideas si se le aplica un procedimiento y unos símbolos que representaban el lenguaje. A este procedimiento lo denominaron Escritura. Este nuevo procedimiento dotó los universos de mayor estabilidad y les dio la capacidad de trasladarse mucho más efectivamente dentro de la Colectividad. Debieron haber empezado por escribir en la misma tierra, pero los pies de los demás hombres borraban sus universos con demasiada facilidad. Entonces aprendieron a usar los restos de ciertas plantas y animales muertos para crear una superficie más apropiada. A raíz de eso, los universos codificados con formas distintas del MIA pudieron comunicarse a grupos distintos de los que les dieron origen, ese proceso lo llamamos hoy traducción. Bastante más tarde llegaron las pantallas luminosas en las que se escribía golpeando unas pequeñas protuberancias. También combinaron los métodos más antiguos con los posteriores y fue posible escribir sobre las mismas pantallas o sencillamente hablar para que las palabras quedaran escritas.
La transmisión de los universos provocó que las realidades se influyeran mutuamente. Al transmitirse los universos más y más lejos en la Colectividad, los hombres pudieron experimentar la pequeñez del alcance de sus realidades relativas. Muchas veces la arrogancia natural de nuestra especie provocaba que se despreciaran algunas, a veces hasta aquellas que habían precedido directamente las del momento. Otras veces enaltecieron por encima de todo ciertas formas de pasados más remotos. (Es muy conocido el hecho de que los universos del pasado son más accesibles que los del futuro.) Lo que quedó claro es que los hombres no compartían las mismas condiciones de asombro, puesto que no compartían las mismas realidades, tal como no compartían las mismas formas de utilizar el MIA. Hasta qué punto una diferencia depende de la otra aún no se ha explicado satisfactoriamente, las opiniones divergen pero ninguna me convence.
Esta es la condición actual de nuestra realidad, que llevamos siglos sin superar. En realidad creo que nunca la superaremos. Las influencias de unas realidades en otras producen resultados variados. La parcela de la Colectividad que habito ha inventado la ciencia y se ha subordinado a ella, ahora esta es nuestra idea fija y determina nuestro asombro. En tiempos cuando la introducción de este nuevo concepto era más reciente, los hombres deseaban que hasta sus universos pudieran explicarse por medio de este. En ese entonces no causaba tanto asombro decir que un cometa era la estela dejada por el cigarrillo encendido de un dios como decir que era el rastro dejado por alguna nave extraterrestre. Especulaban, sujetos a los criterios de la ciencia, como sería el mundo después de ellos. Sus universos intentaron predecir el futuro de su realidad, acertaron unas veces, otras no. (Lo que nunca lograron, y creo que nadie logrará, fue anticipar cómo serían los universos del futuro.) La verdad es que no siempre desearon predecir el futuro, yo diría que solo se aprovecharon de la enorme fascinación que causaba en sus contemporáneos el reciente cambio de realidad. El tal Verne sabía que era científicamente imposible enviar un proyectil a la luna usando un cañón, pero los que recibieron su universo lo desconocían.
En mi tiempo las condiciones de asombro se han modificado. He llegado a pensar que las realidades no cambian en ningún momento dado, sino que continúan evolucionando siempre y es nuestra percepción la que sólo puede captar la diferencia entre ciertas divisiones. La gente anda mezclándolo todo, lo cual puede que sea bueno por su potencial de innovación, pero sin duda ha logrado producir resultados mucho más grotescos que asombrosos. Lo curioso es que si bien se empeñan en mezclar las cosas, igualmente se empeñan en clasificarlas, tal vez para poder manejarlas mejor. Yo no comparto este afán, como muchos de mis contemporáneos, me conformo igualmente con sentarme frente al brujo que ante el televisor, con ver caballeros con sables de luz o con espadas medievales. Absorbo cualquier cosa que me asombre y dejo la especulación para los ratos libres.

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